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Crónica del virus que apagó el mundo en 100 días y dejó en España la peor pandemia del siglo XXI

Con todo el territorio al menos en fase 1 desde mañana, EL PAÍS documenta cómo se desencadenó la crisis global

Aquel virus, a diferencia del nuevo detectado en Wuhan, se hacía visible en poco tiempo: los síntomas se presentaban muy pronto en los enfermos, lo que permitía un rápido aislamiento y así reducir las posibilidades de transmisión.

El mayor peligro del nuevo coronavirus radica precisamente en que la sintomatología de quienes lo padecen es, en ocasiones, leve o inexistente, y esa circunstancia provoca que el enfermo pueda contagiar a otras personas sin saberlo.

Un enemigo tan escurridizo obliga a tomar medidas drásticas para contener su avance. Al menos así lo entendió el doctor Zhong Nanshan, quien explicó el 20 de enero a los periodistas de Wuhan su receta para neutralizar la epidemia: “Desde el momento en el que la transmisión entre humanos está probada, la cuarentena debe ser la primera prioridad. Es la medida más efectiva porque de momento no hemos desarrollado un medicamento específico para hacer frente al coronavirus. Hay dos claves para abordar la epidemia: la detección temprana y el aislamiento temprano. Son los métodos más primitivos y efectivos”.

Dos meses y medio después de aquel cierre impuesto de madrugada, Wuhan regresó a una normalidad vigilada tras controlar supuestamente el brote infeccioso. El coronavirus detectado tres meses antes ya había causado 4.645 muertos y 84.522 contagiados en China, según las cifras oficiales facilitadas por el Gobierno de la República Popular y que cuestionan algunos expertos en epidemias.

La información comunicada por el país asiático demostraría que la estrategia del confinamiento severo de Wuhan salvó al resto del país. El 97% de los fallecimientos ocurrió en Wuhan o en ciudades vecinas de la provincia de Hubei (56 millones de habitantes). En el resto del país, donde viven 1.400 millones de personas, el brote infeccioso apenas causó víctimas. La provincia fronteriza con Hubei que más muertos tuvo fue Henan (22 fallecimientos). Las cifras del resto de las zonas vecinas son muy pequeñas: Shaanxi (tres fallecidos); Hunan (4), Jiangxi (1) o Anhui (6).

Desde que surgió el brote infeccioso (primeros de diciembre de 2019) hasta que China tomó medidas radicales con el confinamiento masivo de su población (23 de enero de 2020) pasaron casi dos meses. En ese tiempo, miles de personas se desplazaron entre Wuhan y el resto del mundo.

El virus aprovechó esas semanas para saltar a países próximos y lejanos a bordo de viajeros enfermos, la mayoría sin síntomas o con síntomas leves. Algunas de esas personas acabaron días después en hospitales donde les detectaron el coronavirus; otros pasaron la enfermedad sin necesidad de acudir al médico pero con capacidad suficiente de contagiar a más personas. Muchos de esos asintomáticos nunca sospecharán —porque no llegaron a tener fiebre ni sentir un leve dolor de cabeza— que se convirtieron en los aliados imprescindibles del virus para ir sembrando muerte.

Ahora se sabe que cuando China aplicó su cordón sanitario contra el brote infeccioso el virus ya se paseaba por países situados a miles de kilómetros.

Japón, Taiwán, Tailandia y Estados Unidos confirmaron sus primeros casos positivos el 21 de enero. Les siguieron Macao y Corea del Sur (22 de enero); Hong Kong, Singapur y Vietnam (23 de enero); Francia (24 de enero); Malasia y Nepal (25 de enero); Australia y Canadá (26 de enero); Camboya, Alemania y Sri Lanka (27 de enero); Finlandia (29 de enero); la India y Filipinas (30 de enero); Italia, Rusia, Suecia, España y el Reino Unido (31 de enero).

El rastreo de los casos diagnosticados en estos 25 países conducía por distintos caminos al mismo lugar: Wuhan (China). De momento no había ejemplos de que hubieran empezado los contagios dentro de cada uno de los países entre personas sin vínculos con el origen de la infección.

Los expertos de la OMS debatieron el 24 de enero si declaraban una emergencia internacional cuando ya conocían que el virus había saltado a otros países. Pero decidieron no hacerlo. El organismo desaconsejó, “con la información disponible”, tomar medidas restrictivas sobre el movimiento de personas en el resto del mundo: “No se sabe lo suficiente sobre la epidemiología de 2019-nCoV para sacar conclusiones definitivas sobre las características clínicas completas de la enfermedad, la intensidad de la transmisión de persona a persona y la fuente original del brote. Con la información actualmente disponible para el nuevo coronavirus, la OMS aconseja que se implementen medidas para limitar el riesgo de exportación o importación de la enfermedad sin restricciones innecesarias del tráfico internacional. Son medidas que interfieren en el movimiento de personas y en el comercio y no queremos tomarlas sin estar seguros de que son necesarias”.

Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, visitó China el 28 de enero para reunirse con el ministro de Salud y con el presidente de la República Popular. Tras volver de aquel viaje, alabó la predisposición del Gobierno chino para combatir el virus y evitar su propagación: “Se han confirmado un total de 6.065 casos, casi el 99% (5.997) en China y ha habido 132 fallecidos. Fuera de China no ha habido defunciones y se han confirmado solo 68 casos en 15 países que suman el 1% del total, la gran mayoría ha viajado a este país o ha estado en contacto con alguien que lo ha hecho. Hay signos indicativos de que ha habido transmisión de persona a persona fuera de China, si bien se trata de unos pocos casos que están siendo objeto de un seguimiento estrecho”. Tedros Adhanom atribuyó entonces los “pocos casos” de contagio fuera del país asiático a las “extraordinarias medidas que el Gobierno chino adoptó, a expensas de su economía y de otros factores, para no exportar el virus“.

La ciudad de Wuhan llevaba cinco días cerrada a cal y canto, pero el incesante goteo de casos en países situados muy lejos de allí demostraba que el virus había volado sin obstáculos durante las tres primeras semanas de enero.

La Organización Mundial de la Salud declaró por fin el 30 de enero la emergencia internacional por el brote infeccioso de Wuhan. Es la sexta declaración de este tipo que aprueba la OMS en el siglo XXI después de la gripe A (abril de 2009), el poliovirus salvaje (mayo de 2014), el virus ébola (agosto de 2014 y octubre de 2019) y el virus Zika (febrero de 2016).

El Centro de Coordinación de Alertas Sanitarias de España destacó un día después que la OMS había confirmado que el brote se transmitía de persona a persona, que aconsejaba tomar medidas de detección temprana de los casos para evitar la propagación de la epidemia, pero que rechazaba aplicar restricciones de viaje o comercio con China. España, que aún no había detectado ningún caso de coronavirus, decidió mantener su tráfico aéreo con los aeropuertos chinos. No fue el caso de otros 22 países, que desoyeron la recomendación de la OMS y establecieron restricciones temporales de viaje. Entre esos países estaban Rusia, Italia y Estados Unidos. Lo más curioso es que, pese a su cautela, ninguno de ellos se libró de un contagio masivo.

La OMS consideró que esas barreras al movimiento de personas servirían de poco y podrían “acrecentar el temor y la estigmatización”. Su director general confiaba en que la vigencia de las restricciones fuera “breve”. “No existe ningún motivo para que cunda el pánico. 176 casos en el resto del mundo es una cifra muy pequeña”.

Cap 2.

Los fallos de vigilancia en Europa y EE UU facilitaron la propagación del virus en febrero. Es muy difícil apagar un fuego con los ojos cerrados. Así estuvieron Estados Unidos y muchos países de Europa durante las tres primeras semanas de febrero mientras el coronavirus se desplegaba en silencio por sus territorios.

El coronavirus SARS-CoV-2 se esconde mejor que ningún otro de su especie y se propaga más rápido que cualquiera de los conocidos. La enfermedad que provoca, denominada covid-19, tiene un periodo de incubación que va de dos a 12 días y en el 80% de los casos solo causa resfriados leves, lo que hace que muchos de los afectados, transmisores potenciales del virus, ni siquiera acudan al médico.

En esas circunstancias, el enemigo público número 1 de la salud mundial, según lo definió el director general de la OMS, se hace casi invisible. Si la reacción para frenar contagios es tardía, los efectos son devastadores.

Los primeros casos detectados en 25 países durante los días previos y posteriores al confinamiento de Wuhan (23 de enero) dejaron paso a una calma inquietante. Muchos de esos países no pensaron que el problema pudiera traspasar sus fronteras porque los pocos casos que atendían estaban bajo control: los enfermos, aislados; sus contactos, vigilados; y el origen del contagio, localizado muy lejos.

En Estados Unidos (330 millones de habitantes) se conocieron solo 60 casos durante todo el mes de febrero; 53 en Alemania (83 millones); 38 en Francia (66 millones), 16 en el Reino Unido (67 millones), y 32 en España (46 millones). A todos los Gobiernos les pareció que aquellas cifras eran demasiado pequeñas como para activar las alarmas sanitarias. Estos países comenzaron a sospechar que la realidad era mucho más preocupante cuando conocieron el brote destapado en el norte de Italia a partir del 21 de febrero. Y se dieron de bruces con la crisis una semana después. Entre el 1 y el 9 de marzo, Alemania pasó de 53 casos a 1.112; Francia, de 38 a 1.126; y España, de 32 a 1.000.

Italia vivió ajena al problema hasta ese 21 de febrero, fecha en la que contaba con tan solo tres casos conocidos de enfermos por coronavirus. A partir de ese día y hasta el final de mes, los contagiados aumentaron por un foco localizado en el norte del país. El 29 de febrero, Italia sumaba ya 888 enfermos diagnosticados y 21 fallecidos. El Gobierno se apresuró a tomar medidas de aislamiento de la población y de suspensión de actividades en las provincias del norte donde se registró el mayor número de casos. El Gobierno español no restringió aquellos días los movimientos entre ambos países pese a conocer la alerta sanitaria en el norte de Italia. El 9 de marzo, con el brote fuera de control y 368 fallecidos, el Ejecutivo italiano decretó el confinamiento de todo el país.

Cap 3.

España perdió 25 días sin buscar el virus donde estabaEl Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos apenas llevaba 15 días de mandato cuando se enfrentó al primer caso en España de un brote infeccioso que ya sumaba 11.000 enfermos y al menos 259 fallecidos en Wuhan.

Un turista alemán, de vacaciones en la isla de La Gomera (Canarias), dio positivo el 31 de enero. La investigación descubrió que se había contagiado unos días antes en su país, durante una reunión de trabajo con una compañera que había viajado a Shanghái, donde se encontró con sus padres, residentes en Wuhan. La ruta de la infección estaba localizada y los expertos consideraron que no había peligro al tratarse de un caso importado y bajo control. España fue el vigésimo tercer país que detectó un caso de coronavirus en su territorio. Para entonces había ya 153 personas diagnosticadas fuera de China.

El doctor Fernando Simón, alto cargo de Sanidad experto en gestión de brotes infecciosos, se encargó de la respuesta institucional tras el primer caso detectado en España. Es el mismo experto que, nombrado alto cargo por un Gobierno del PP, había tranquilizado a la población en 2014 durante la crisis del ébola, resuelta con éxito tras la cura de la única infectada en España. En sus primeras comparecencias relativa al coronavirus, Simón no pareció preocupado ante el lento avance de la enfermedad por el mundo. Los casos conocidos eran pocos y controlables: “Hay indicios de que esta enfermedad sigue sin ser excesivamente transmisible. Sigue habiendo una sola provincia de China con transmisión comunitaria”.

Como especialista en la materia, se aventuró a hacer un pronóstico sobre la evolución del brote que le perseguiría durante los meses siguientes: “Parece que la epidemia tiene posibilidades de empezar a remitir. Nosotros creemos que España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado. Esperemos que no haya transmisión local. Si la hay, será transmisión muy limitada y controlada. Pero España tiene que trabajar en todos los escenarios posibles”.

El vaticinio de Simón no pudo ser más desacertado. Al escribir estas líneas, tres meses después de aquella declaración, España registra cerca de 230.000 contagiados con un diagnóstico oficial y probablemente más de 46.000 muertos. Esa cifra es la que resulta de sumar al número oficial de fallecidos (más de 28.000), otras cerca de 18.000 muertes registradas en residencias y domicilios. Éstas últimas, recopiladas por las comunidades autónomas, no se incluyen hasta ahora en la estadística oficial del Ministerio de Sanidad, al tratarse de casos sospechosos a los que no se hizo la prueba para determinar si padecían la enfermedad. Los estudios del Instituto Carlos III sobre la mortalidad diaria en España, adelantados por EL PAÍS, detectaron muy pronto que las cifras oficiales de fallecidos por la covid-19 eran muy inferiores a las reales, en función de las estimaciones para los primeros cuatro meses del año.

Un estudio de seroprevalencia con 36.000 análisis en toda España apunta que el brote ha infectado al 5% de la población: 2,3 millones de personas.

El doctor Simón compareció el 9 de febrero tras detectarse el segundo caso de un turista británico en Palma de Mallorca, contagiado en los Alpes franceses, donde había compartido estancia con un hombre procedente de Singapur, y declaró: “Esto no supone ningún riesgo para nuestro país puesto que no ha habido transmisión en España“. El 13 de febrero fue aún más categórico: “No tenemos coronavirus en España. No hay riesgo de infectarse”. Entre una declaración y la otra, sin embargo, los organizadores del Mobile World Congress decidieron suspender un evento que preveía llevar a Barcelona a 100.000 personas de todo el mundo. La decisión no sentó bien ni al Gobierno, ni a la Generalitat ni al Ayuntamiento de Barcelona, cuyos responsables alegaron que no había motivos sanitarios para tal suspensión.

Aunque no se supo en aquel momento, el 13 de febrero, un día después de la suspensión del Mobile, se produjo en Valencia la primera muerte por coronavirus.

El 18 de febrero, Simón acude a una reunión en Solna (Suecia) junto a otros 26 colegas que dirigen los centros de control de enfermedades de los países de la UE. Hablan durante horas sobre el problema del coronavirus en China sin que nadie alerte sobre la posibilidad de que el patógeno ya se haya desplegado por Europa. Las actas de la reunión, a las que tuvo acceso EL PAÍS, muestran a unas autoridades sanitarias preocupadas por aspectos técnicos sin sospechar la magnitud del problema al que se iba a enfrentar Europa en solo unos días.

Solo un mes después de aquellos hechos, era fácil aventurar que España se convertiría en uno de los países del mundo más golpeados por la covid-19, a juzgar por lo que ocurría en Italia. A pesar de ello, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, repite hasta la saciedad un mantra que ha ido perdiendo fuerza: “Occidente llegó tarde [para frenar el virus], pero España actuó antes”.

El virus SARS-CoV-2 circuló por distintos lugares de España desde la primera semana de febrero sin ser descubierto ni por los servicios de Salud del Gobierno central ni por los de las 17 comunidades autónomas, que tienen transferida la gestión sanitaria. Los protocolos de vigilancia no fueron capaces de detectar hasta el 25 de febrero un ángulo ciego, una puerta abierta por la que se colaba el SARS-CoV-2 con total impunidad. Pero ese día, por fin, el Ministerio de Sanidad actualizó sus sistemas de detección de la enfermedad de manera que se amplió la investigación a casos sin ninguna vinculación con las zonas de riesgo del coronavirus o con otros infectados. A partir de ese día, bastaba ingresar con una neumonía sin un origen claro para hacer la prueba del coronavirus al enfermo.

El 26 de febrero, se celebra una sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. Los partidos políticos plantean más de 20 preguntas al recién estrenado Ejecutivo de Pedro Sánchez, pero ninguna de ellas hace referencia al coronavirus. Y eso pese a que en el Congreso se sientan diputados de ocho partidos políticos que están presentes en Gobiernos autonómicos con competencias en gestión sanitaria. Solo el líder del PP, Pablo Casado, lo menciona de pasada, pero en tono irónico, en un intento de tomarle el pelo a Sánchez por la mesa de diálogo entre el Gobierno y la Generalitat que se iba a celebrar esa tarde: “Se lleva usted al ministro de Sanidad para negociar con el virus independentista en vez de estar poniendo medidas para paliar los efectos del coronavirus”.

El presidente del Gobierno tampoco hace mención al virus en su respuesta. Al día siguiente, todos los periódicos llevan a portada las fotos de Sánchez y Torra en La Moncloa. La aparición de un caso de coronavirus en un paciente de Sevilla que no había viajado al extranjero ocupa el segundo lugar del interés informativo. Ese mismo día, 26 de febrero, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, quita hierro a la supuesta peligrosidad de la covid-19: “Lo más peligroso ahora es el miedo, más que el propio virus, que normalmente lo que deja como secuelas son síntomas menores incluso que los de una gripe”. Febrero estaba a punto de terminar y el virus aún no era un problema.

España llegó a la última semana de febrero con solo nueve enfermos diagnosticados con el virus; otros muchos casos pasaron inadvertidos para los servicios de salud, según se supo después. En la Comunidad de Madrid hubo pacientes que ingresaron a mediados de febrero en el hospital pero no fueron diagnosticados de coronavirus hasta dos semanas después.

Sanidad rechazó de nuevo elevar el nivel de riesgo a finales de febrero: “Se mantiene el escenario de contención puesto que, por el momento, nada indica que haya una transmisión comunitaria descontrolada y una entrada masiva de casos importados. En la situación actual, el riesgo global para la salud pública en nuestro país se considera moderado”.

Durante aquellos días de calma aparente, otras personas se estaban infectando en España sin que el doctor Simón, el Ministerio de Sanidad o las comunidades autónomas lo supieran.

Como se ha conocido después, el enemigo invisible atacó en distintos puntos del país, distantes entre sí cientos de kilómetros. Sevilla, Valencia y Madrid muestran algunos ejemplos de los agujeros del sistema de vigilancia, comunes a otros países de la Unión Europea.

El 13 de febrero, falleció por neumonía un hombre de 69 años que había ingresado por urgencias en el hospital Arnau de Vilanova, en Valencia. El fallecido había viajado semanas antes a Nepal, un país vecino de China con muy pocos casos de coronavirus. Nadie relacionó el fallecimiento con la enfermedad covid-19. Hasta el 3 de marzo, cuando revisaron el caso.

El 15 de febrero, un hombre de 77 años con patologías múltiples acudió al hospital universitario de Torrejón de Ardoz, a nueve kilómetros de Madrid. Llevaba siete días enfermo. No tenía antecedentes de viajes a China ni contactos con personas infectadas por coronavirus. Hasta el 27 de febrero no le hicieron la prueba, en la que dio positivo.

El 20 de febrero ingresó en el hospital Virgen del Rocío de Sevilla un hombre de 62 años con neumonía. Se le aplicó el protocolo habitual porque no había viajado a zona de riesgo por coronavirus ni había estado en contacto con extranjeros procedentes de esas zonas. Hasta el 26 de febrero, cuando dio positivo.

Hospitales de estas tres grandes ciudades trataron a enfermos durante las primeras semanas de febrero sin conocer que estaban infectados por el coronavirus. El pico de la gripe estacional contribuyó a ocultar mejor el brote infeccioso que había nacido en China. Esta circunstancia convertía a los propios centros sanitarios españoles que atendían casos de infectados por coronavirus en focos de contagio por las visitas de familiares a los enfermos o el trato con los propios profesionales del hospital. La debilidad del sistema para detectar casos de la covid-19 se resolvió unos días después.

Tras una reunión del Consejo Interterritorial de Salud con todas las autonomías, el ministro Salvador Illa anunció el 25 de febrero algunas medidas para tapar el ángulo ciego por el que se colaba el coronavirus: “Ante el aumento de casos detectados en diferentes países y especialmente en Italia, los expertos han recomendado aumentar la sensibilidad del sistema de detección para prevenir el coronavirus”.

Sanidad actualizó el protocolo para estrechar el cerco sobre casos de neumonía. Hasta ese momento, solo se buscaba el coronavirus en enfermos de neumonía que “hubieran viajado a China en los 14 días previos al inicio de los síntomas o hubieran tenido contacto estrecho con casos probables o confirmados de covid-19”. Con el nuevo procedimiento para detectar el brote. los hospitales debían hacer pruebas a “todos los pacientes con enfermedades respiratorias graves para los que se hayan descartado otras posibles causas”.

Otros países sufrieron idéntica desinformación. El primer fallecido por coronavirus en Estados Unidos fue notificado el 29 de febrero en Seattle (Washington). Una investigación posterior fijó la primera muerte por el virus tres semanas antes (6 de febrero) en California.

Todavía a finales de febrero, las autoridades de Estados Unidos descartaban que hubiera transmisión local del brote infeccioso y aseguraban que los 63 diagnosticados por coronavirus habían viajado a China o convivían con alguien que había llegado de ese país. Estados Unidos tiene hoy más de millón y medio de contagiados y 94.000 muertos.

Cap 4.El Gobierno recibió el primer aviso de la gravedad del brote el 8-M por la nocheA finales de febrero, el ministerio de Sanidad comenzó a conocer algunos casos relevantes de enfermos que ingresaron en centros hospitalarios con la covid-19 pero nadie lo supo porque no se les hizo la prueba.

El Ministerio de Sanidad comenzó a elaborar a finales de febrero informes epidemiológicos sobre la evolución de la enfermedad en España y en el mundo. Desde los primeros días de marzo, esos informes registraron una caída lenta en el porcentaje de los “casos importados” (contagiados fuera del país o por personas procedentes de zonas de riesgo) respecto al de infectados por transmisión local.

El último día de febrero, 150.000 independentistas catalanes, con el presidente Torra al frente, se reunían con Puigdemont en Perpiñán. Los servicios de Salud de la Generalitat solo habían detectado tres casos en Cataluña y no habían alertado a nadie del peligro de ese tipo de concentraciones.

En la conferencia de prensa de aquel día por la crisis sanitaria del coronavirus, Fernando Simón declaraba: “Hay que interpretar los datos correctamente. No hay gran transmisión a nivel nacional. Hay que ser muy prudente y no dar falsas ideas. No estamos en la situación de aplicar medidas drásticas, no lo haremos por titulares sino por evidencias”.

El 2 de marzo, el informe epidemiológico del Ministerio de Sanidad resalta que de los 33 enfermos analizados, el 61% corresponde a casos importados y el 39% a transmisión local. El 3 de marzo, los casos importados suponen el 51% de los 57 pacientes analizados. El 5 de marzo, ya son mayoría los casos de transmisión local: el 53% de los 107 enfermos estudiados. Y el 13 de marzo, en vísperas del decreto de estado de alarma que ponía bajo cuarentena a todo el país, solo el 19% de los 575 casos analizados era importado.

El origen de los contagios es una información que consideran clave los expertos para gestionar el problema de un brote infeccioso y decidir las medidas de contención. Si los casos detectados estaban vinculados con una fuente exterior (Italia o China), los gestores públicos apostaban por un aislamiento del enfermo y el control de sus contactos, sin necesidad de tomar otro tipo de medidas para contener al virus.

Sin embargo, el hecho de que los casos de transmisión local fueran creciendo en los primeros días de marzo hasta superar a los casos importados no motivó un cambio de postura del Ministerio de Sanidad respecto a la celebración de los actos multitudinarios previstos ese fin de semana en España.

El 4 de marzo, Fernando Simón, respondió a las preguntas sobre si era conveniente prohibir los actos multitudinarios previstos para el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer: “Es una convocatoria para ciudadanos españoles (…). No creo que haya que hacer ninguna recomendación especial ahora mismo, hay que ser sensatos. Deseo que el 8-M si es posible, tenga un gran éxito”.

Algunos de los dirigentes del Gobierno de coalición que participaron en las marchas de aquel domingo enfermaron unos días después.

Los dirigentes de Vox celebraron también un acto multitudinario ese 8 de marzo (y varios enfermaron a los pocos días), mientras PP y Ciudadanos enviaron a sus representantes a las manifestaciones convocadas en las principales ciudades del país.

Los actos del 8-M no provocaron el contagio masivo en España, según se ha podido comprobar por la evolución de la pandemia y lo que se sabe del periodo de incubación de la enfermedad. El virus circulaba desde la primera semana de febrero por varias capitales de provincia y los servicios de salud ya habían detectado desde finales de febrero algunos importantes focos de infección de transmisión comunitaria.

Durante la tarde noche del domingo 8 de marzo, el Ministerio de Sanidad recibió malas noticias de la Comunidad de Madrid: los nuevos contagios doblaban la cifra del día anterior. El repunte no guardaba relación con la manifestación de ese día en el centro de la capital, a la que acudieron 120.000 personas, pero anunciaba males mayores. El aumento correspondía a enfermos que se habían infectado al menos una semana antes y apuntalaba la idea de que la transmisión local en la Comunidad de Madrid era ya un problema real. Cualquier acto multitudinario sería, en esas condiciones, como echar gasolina al fuego.

Esos datos de Madrid y otros parecidos que llegaron de Vitoria con fuertes sospechas de transmisión local, empujaban a España a una situación parecida a la que Italia sufría desde dos semanas antes. El Ministerio de Sanidad y las comunidades de Madrid, Euskadi y La Rioja tomaron el 9 de marzo las primeras medidas de contención reforzada en los lugares de alto riesgo: suspensión de clases, restricción de visitas a residencias de ancianos, prohibición de eventos multitudinarios…

España alcanzó este día los 1.000 casos diagnosticados (la mitad, en Madrid) con 18 fallecidos (nueve en Madrid).

La pandemia del coronavirus SARS-CoV-2 colocó a la Comunidad de Madrid (6,8 millones de habitantes) en el centro del dolor, según las estadísticas que mostraban cada día la magnitud de la crisis sanitaria.

Con más de 14.000 muertos en apenas tres meses (de ellos, 4.500 en residencias de ancianos y casi 1.000 en domicilios), la pandemia del coronavirus convirtió a los 44 hospitales públicos madrileños en centros de tratamiento exclusivo de enfermos de covid-19. Las 600 plazas que albergaban las Unidades de Cuidados Intensivos se multiplicaron por tres para atender a los más graves. En los primeros días de abril, los hospitales llegaron a contar hasta 15.000 camas ocupadas por enfermos de coronavirus. El número de muertos diarios fue tan elevado —hubo un día con más de 300 por la covid-19— que se habilitaron dos morgues en las pistas de patinaje sobre hielo de la capital y Majadahonda. Con ayuda del ejército se improvisó un centro con 1.000 camas para los enfermos menos graves en las naves del recinto ferial Ifema.

El hospital de Torrejón de Ardoz, municipio industrial de la periferia de Madrid, guardó algunas claves del comportamiento del brote. Este centro sanitario inaugurado en 2009, de propiedad pública y gestión privada, recibió a sus primeros enfermos por coronavirus a mediados de febrero. Pero solo lo supo dos semanas después.

El primer caso de coronavirus diagnosticado en la Comunidad de Madrid se produjo el 25 de febrero en el hospital de Torrejón. Se trataba de un hombre que había regresado dos días antes de una zona de riesgo. Un día después, en el mismo centro, se detectó otro caso similar que llevaba en España desde el 14 de febrero.

El 27 de febrero se diagnostica la covid-19 a un paciente de 77 años ingresado en el hospital de Torrejón desde el 15 de ese mes y que había iniciado síntomas el día 9. No había viajado a zonas de riesgo ni tenía vínculos epidemiológicos con otros infectados. Era un caso “de origen comunitario” que se sumó a otro detectado el mismo día en el mismo hospital correspondiente a un hombre que había enfermado el 12 de febrero.

El día 28 del mismo mes, otros cinco pacientes dan positivo por coronavirus. En solo cuatro días, el hospital de Torrejón (250 camas) registró nueve casos de la covid-19, la mitad sin vínculo conocido con zonas de riesgo u otros contagiados, lo que indicaba que se estaba produciendo la temida transmisión comunitaria.

Los casos detectados del 25 al 29 de febrero en el hospital de Torrejón de Ardoz integraron un informe de la dirección general de Salud Pública de la Comunidad de Madrid que alertó, en la tarde el 9 de marzo, de la existencia de un brote infeccioso fuera de control y de la necesidad de establecer medidas para su mitigación.

El trabajo hacía un recuento de los casos detectados y concluía que existía “transmisión comunitaria” localizada en “iglesias evangelistas, residencias de mayores o centros escolares”. El informe aprovechaba la casuística analizada —de 2.666 personas investigadas, 577 personas habían dado positivo por coronavirus en la Comunidad de Madrid— para hacer una proyección de futuro basada en la evolución de la pandemia en China y en Italia.

La Escuela Nacional de Sanidad, dependiente del ministerio, elaboró para la Comunidad de Madrid el modelo de comportamiento de la epidemia covid-19 con el objetivo de “reducir la incertidumbre en la toma de decisiones ante la necesidad de preparar el sistema sanitario frente a la potencial demanda de asistencia”.

Los cálculos de los expertos apuntaron que a finales de mayo habría cerca de 500 muertos y 10.000 infectados en la Comunidad de Madrid. El informe concluyó que era necesario aplicar medidas de aislamiento para contener el brote. La estimación se quedó muy corta.

La directora general de salud de la Comunidad de Madrid, Yolanda Fuentes, quien dimitió dos meses después por negarse a proponer el pase de Madrid a la fase 1 de desconfinamiento, firmó esa tarde del 9 de marzo el informe de 11 páginas que alertaba por primera vez de la previsible muerte de cientos de personas por un brote que ya estaba fuera de control. El informe pedía medidas inmediatas para contener la propagación de la enfermedad.

El ministro de Sanidad, Salvador Illa, decidió aplicar ese mismo día 9 de marzo medidas de aislamiento social —suspensión de clases, prohibición de eventos multitudinarios…— pactadas con las tres comunidades que habían detectado numerosos casos positivos en el último fin de semana: País Vasco, La Rioja y Madrid.

La Organización Mundial de la Salud también aconsejó ese 9 de marzo, por primera vez desde el comienzo de la crisis, que se considerara la posibilidad de “cerrar escuelas, cancelar concentraciones multitudinarias y otras medidas para reducir la exposición” en aquellos países que tuvieran “transmisión comunitaria”, como España.

Justo un día después de la gran manifestación del 8-M de Madrid y del acto multitudinario de Vox en Vistalegre, el Gobierno admitió por primera vez que había focos fuera de control. La cifra de casos se duplicó en solo 24 horas.

Fuente: El País

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